Tuesday, June 20, 2006

Entre lo protocolar y el tecito de las seis
Por Verónica Carmona Aldunate
Eran ya las 12:30 del día. La grafología era difícil de precisar no sólo porque nuestras manos estaban cansadas de escribir una y otra vez la instrucción institucional de una minera que actualmente se encuentra en discusión por ese diverso y complejo dilema ambiental, del que todos somos partícipes, sino también porque nuestra naturaleza pedía un descanso luego de ya casi 5 horas de viaje y un poco de pan en nuestros intestinos.

Quien era el destinado a darnos dicha instrucción, a los que par muchos era una instrucción protocolar, aplicaba enérgicamente la persuasión en nuestras cabezas; el cansancio era grande pero no por eso nos íbamos a dejar persuadir tan fácilmente, más que mal ya llevamos tres años de periodismo en el cuerpo.

Finalmente y con un canto de aleluya cantado por nuestras tripas terminó la sesión en la minera. Más viaje, más hambre, más cansancio. Recuerdo a nuestro director dando el pase celestial para poder comer algo y dar un respiro a nuestro estómago que con el chicle de menta de media mañana lo único que tenía era el reflujo de una bilis ya procesada.

Finalmente dimos rienda suelta a nuestro banquete (que para ser real para muchos fue un simple pan con algo o un completo con aditivos varios), ya estábamos listos para partir nuevamente y ya con la gasolina momentánea. Llegaba un momento esperado para el grupo (o los sobrevivientes) del periodismo comunitario, era el momento de disfrutar a la comunidad afectada y dar rienda suelta a los conocimientos de casi un semestre en torno a ello. Era el momento, nada podía fallar.

Y nada falló. Ver las sonrisas que invitaban a la conversación y a la complicidad, daban esa sensación de confianza, simplemente me conquistaron, eran algunas dirigentes que con sus manos tibias y su mirada de esperanza de un mundo mejor, daban a conocer sus inquietudes. Pero lo importante era algo más que eso. Era el recibiendo que me hizo sentir por un momento alguien mucho más que yo. Quedé en carne viva.

Creo que lo que vino después termino por conmoverme.

La ronda de preguntas que debíamos hacer como ya estudiantes de periodismo de un nivel considerable, ya se había logrado. Era una prueba superada, era además parte de una evaluación que ponía en juego mi profesionalidad. Pero eso era algo secundario en el glorioso momento que sin pedirlo, sin obligarlo y sin forzarlo, dichas señoras las de manos tibias nos prepararon una once que no sólo se agradeció; sino también se disfruto y personalmente me sorprendió. El pan con palta y tomate, el tecito y las bebidas cola no son el motivo simplemente de mi emoción sino haber descubierto en un día la diferencia entre la gente que siente con un corazón eterno y las que sienten pero que ven el recibimiento de estos jóvenes como algo rutinario y protocolar, sin considerar que nosotros no buscamos simplemente las persuasiones y argumentos empleados con las estrategias dignas de un periodista institucional, sino que necesitábamos entre noticias y reportajes rutinarios tener la piel de gallina por lo imprescindible: el cariño y la esperanza de una comunidad que tiene bondad, que exige un oído amigo y que en una tarde y con el tecito de las seis me enseño que antes de ser la periodista busquilla tengo que ser ese oído y ese ejemplo de anfitrión ideal. Tengo que transmitir también esta lección de vida.

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